CRÓNICA DE UNAS TIJERAS

Autor:
Andrés Salcedo

Nota de Museo

A finales de los sesentas, yo vivía en Madrid, era muy feliz, me había adaptado al ritmo y al estilo de vida de la ciudad, había hecho amigos y tenía un par de trabajos fijos que me gustaban, como narrador y actor de radionovelas en Radio Madrid y como reportero en la agencia Hispania Press. Pero, por uno de esos inesperados golpes del destino, aquel 23 de mayo de 1970 me encontraba en el avión de Lufthansa que me llevaría, de Madrid a Colonia, adonde iba contratado como locutor por la Deutsche Welle. La culpa la tuvo un dramatizado grabado en los estudios de la cadena SER para la Deutsche Welle, en el que hice el papel de un juglar de la Edad Media alemana, llamado Till Eulenspiegel. Los alemanes me hicieron una oferta tentadora que no podía rechazar. Iba a ganar, en un solo mes, lo que en España en un año.

Tomé el vuelo poco después del mediodía. Atrás quedaba la exuberante, espléndida primavera madrileña, las sonrisas y los trajes livianos de las muchachas, las bromas de los amigos, los aromas de la ciudad donde fui tan feliz. Unas horas después, cuando el avión aterrizó en Colonia, me encontré ante el espectáculo de una nevada de fin del mundo. Federico Knoblauch, el hombre que estaba esperándome en el aeropuerto, era el jefe del departamento de transcripciones de la emisora y tan frío como la nieve que caía sin parar. Ni me saludó. Solo me dijo, en cuanto me subí a su auto, señalando hacia el cielo, que desde hacía casi un siglo no nevaba en Colonia en plena primavera.

Mientras me conducía al pequeño hotel donde iba a vivir los primeros meses, me preguntó qué otros idiomas, aparte del mío, hablaba. Le respondí, con ingenuidad de recién llegado, que mi intención era aprender el alemán lo más rápido posible. Me respondió tajante: hablar alemán cuanto antes es un deber, la empresa te da un margen de seis meses para llegar a dominar la lengua a nivel de traducción, pero yo me estoy refiriendo es a lo que esperamos de ti como profesional, debes saber que todos nuestros locutores hablan, como mínimo, otra lengua, además del alemán y de la suya, en tu caso, el español. Si te lo propones, seguro lo logras, igual que ellos, te lo digo por tu bien, si aprendes a traducir puedes llegar lejos en esta empresa, me dijo cuando nos despedimos en la puerta del hotel, el único momento en que se mostró amistoso.

Con el tiempo, logré posicionarme como locutor-traductor de la productora de TV Transtel, donde tuve que enfrentar otro reto: en las series alemanas que iban a ser dobladas al español por sincronización labial, los traductores, para facilitar el trabajo de doblaje, debíamos editar toda la cinta original y dividirla en loops (fragmentos cortos). Los cortes debían ser muy precisos.

Estábamos todavía muy lejos de la aparición del computador y otras ayudas tecnológicas con las que contamos hoy. La edición se hacía en una moviola. Si bien las moviolas de aquel tiempo disponían de un pequeño riel provisto de una afilada cuchilla, los editores profesionales (que en Alemania eran, la mayoría, mujeres) preferían editar valiéndose tan solo de unas tijeras.  Como dicen que le gustaba editar sus películas a Alfred Hitchcock. 

En una de esas moviolas, con unas tijeras de acero inoxidable, una auténtica Solingen, edité, entre muchas otras series, “Manni, el líbero”, que  traduje completa al español y se convirtió en un éxito en toda Latinoamérica y España. Aún conservo una de esas tijeras, que ahora, en mi casa, tiene, claro, otros usos. Me ha acompañado muchos años. Ya es parte de mí.

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